El sábado 17 un grupo de abrojos hicimos una ruta de las que marcan a todos los que fuimos. La idea era ir a Zamora y volver, a priori unos
Así iban pasando los kilómetros e íbamos pasando pueblos,
primero Aldeaseca de
En el trascurso de esos
primeros kilómetros ocurrieron algunos sustos sin mayores consecuencias:
primero una caída de Pepa y posteriormente otra de Luyma que acabó en la cuneta
sentado probablemente por una dichosa rodera pero como ya digo sin mayores
consecuencias salvo el susto inicial.
Sepa el lector de esta crónica que como bien sabe estamos en
plena meseta castellana y a priori no
existen desniveles pero no se lleve a engaño que si bien es cierto que no
existen grandes cadenas montañosas si hay cierto desnivel entre Salamanca y Zamora y que junto al volumen total de
kilómetros hacen de esta ruta dura no
apta para cualquier persona que no esté habituada a montar en bicicleta.
De estas y tras algún pinchazo llegamos al pueblo del Cubo
de
A partir del Cubo también es cierto que el terreno era
favorable y prácticamente cuesta abajo hasta Zamora que poco a poco y entre una
neblina difusa la podíamos ir vislumbrando al fondo.
A eso de las 12 menos cuarto aproximadamente entramos en
Zamora, fotos de rigor en la ribera del
río Duero frente a la
Catedral y comimos en un bar cercano. Llevábamos algo más de 70 km pero todavía nos
faltaban la friolera de casi 90, asi que la vuelta se nos podía hacer dura.
Partimos a eso de la 1 del mediodía, buen tiempo, incluso
calor en algún momento y apenas habíamos salido de Zamora cuando al que escribe
esta crónica se le rompió el cable del freno delantero. Esta vez no había
repuestos asi que toda la vuelta tocaba hacerla sin él.
El paisaje que nos rodeaba era el mismo que nos había
acompañado gran parte de la ruta, campos de cultivo y un sin fin de viñas
ordenadas meticulosamente como si de pequeños ejércitos se trataran puestos en
formación.
Los kilómetros iban cayendo e íbamos pasando pueblos de la
provincia zamorana, descansábamos en algunos de ellos y nos reabastecíamos de
agua hasta llegar a Corrales. A partir de aquí el camino no dejaba de picar
para arriba y sin duda alguna era el tramo que más desnivel tenía. No sé
cuántos kilómetros serían, quizás 4 o 5 pero junto con los más de
Decir que a partir del Cubo me pareció el tramo más bonito.
Nos rodeaba una especie de sotobosque y dehesa con un verde intenso debido,
seguramente, a esa primavera adelantada que estábamos viviendo en la que,
además, pastaba plácidamente el ganado
sólo interrumpido por nuestra presencia.
Ya cualquier repecho nos parecía una barrera infranqueable y
costaba, y mucho, superarla. Así llegamos a Topas donde paramos a
descansar y reponer fuerzas. De ahí, al
Castillo del Buen Amor donde reapareció esa zona de dehesa tan típica de
Salamanca. En ese momento nos topamos con un riachuelo y que yo fui el único
que fue incapaz de salvarlo debidamente y cuya consecuencia trajo que me mojara
los pies hasta los tobillos.
Una vez cruzado el regato se nos abrió de nuevo el paisaje
tan típico de la Armuña ,
kilómetros de extensión planos llenos de campos de cultivo. Las fuerzas ya
estaba justas y había caras desencajadas por el esfuerzo, dolores por todas
partes pero ya estábamos muy cerca de la meta que se podía ver al fondo. Sólo
quedaba un pequeño esfuerzo.
Pasamos Monterrubio y cogimos la senda paralela a la vía del
tren que nos conduciría a Salamanca. Una vez llegados, nos reagrupamos todos,
nos felicitamos por la ruta, por lo bien que lo habíamos pasado y por el
esfuerzo que nos había costado. Al final nos salieron alrededor de 160 kilómetros y
llegamos a eso de las 7 de la tarde.
Felicitar aquí a todos lo que hicimos la ruta, tanto la
larga como la corta, a los diseñadores de la misma y a los que la propusieron
en su día. No faltó el compañerismo, las ganas de superación y los buenos
momentos.








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