21/2/13

Salamanca-Zamora-Salamanca la cronica...


El sábado 17 un grupo de abrojos hicimos una ruta de las que marcan a todos los que fuimos. La idea era ir a Zamora y volver, a priori unos 140 km. Una vez supimos por dónde íbamos a ir saldrían unos 160 km. La idea era la ida por “La Ruta de la Plata”  y volver por otro lado abriendo una nueva vía (gracias al trabajo de Zozojesús).Llegó el día marcado y la hora fijada. Las 6:30 de la mañana en la Plaza Mayor. Entre el jolgorio de la noche salmantina nos fuimos abriendo paso. Fuimos recogiendo a algún abrojo más por el camino y nos dirigimos hacia “La Ruta de la Plata”. Era de noche y hacía frío y solo rompía la monotonía de la oscuridad nuestras luces y focos que poco a poco iban avanzando por estos caminos de la Armauña charra mientras poco a poco se iba vislumbrando el alba.



Así iban pasando los kilómetros e íbamos pasando pueblos, primero Aldeaseca de la Armuña, Castellanos de Villiquera y Calzada de Valdunciel. 
En el trascurso de esos primeros kilómetros ocurrieron algunos sustos sin mayores consecuencias: primero una caída de Pepa y posteriormente otra de Luyma que acabó en la cuneta sentado probablemente por una dichosa rodera pero como ya digo sin mayores consecuencias salvo el susto inicial.

Sepa el lector de esta crónica que como bien sabe estamos en plena meseta castellana  y a priori no existen desniveles pero no se lleve a engaño que si bien es cierto que no existen grandes cadenas montañosas si hay cierto desnivel entre Salamanca  y Zamora y que junto al volumen total de kilómetros  hacen de esta ruta dura no apta para cualquier persona que no esté habituada a montar en bicicleta.

De estas y tras algún pinchazo llegamos al pueblo del Cubo de la Tierra del Vino (curioso nombre, por cierto) donde los abrojos que no se sentían con fuerzas o tenían otros menesteres se darían la vuelta. Allí tomamos el café e hicimos un descanso de un cuarto de hora. A partir de este punto abandonamos las pistas de nueva construcción debida a la autovía y que tan monótono podía haber sido y nos adentrábamos en caminos que si bien es cierto que eran fáciles de transitar también es cierto que nos movíamos entre encinas y campos de labranza que hacía que el paisaje cambiase.

A partir del Cubo también es cierto que el terreno era favorable y prácticamente cuesta abajo hasta Zamora que poco a poco y entre una neblina difusa la podíamos ir vislumbrando al fondo.

A eso de las 12 menos cuarto aproximadamente entramos en Zamora,  fotos de rigor en la ribera del río Duero frente a la Catedral y comimos en un bar cercano. Llevábamos algo más de 70 km pero todavía nos faltaban la friolera de casi 90, asi que la vuelta se nos podía hacer dura.

Partimos a eso de la 1 del mediodía, buen tiempo, incluso calor en algún momento y apenas habíamos salido de Zamora cuando al que escribe esta crónica se le rompió el cable del freno delantero. Esta vez no había repuestos asi que toda la vuelta tocaba hacerla sin él.

El paisaje que nos rodeaba era el mismo que nos había acompañado gran parte de la ruta, campos de cultivo y un sin fin de viñas ordenadas meticulosamente como si de pequeños ejércitos se trataran puestos en formación.

Los kilómetros iban cayendo e íbamos pasando pueblos de la provincia zamorana, descansábamos en algunos de ellos y nos reabastecíamos de agua hasta llegar a Corrales. A partir de aquí el camino no dejaba de picar para arriba y sin duda alguna era el tramo que más desnivel tenía. No sé cuántos kilómetros serían, quizás 4 o 5 pero junto con los más de 100 kilómetros que teníamos en nuestras piernas, se hizo duro y cada uno solventó este trozo como pudo. Una vez arriba nos reagrupamos todos y poco más adelante nos esperaba de nuevo el Cubo del Vino.

Decir que a partir del Cubo me pareció el tramo más bonito. Nos rodeaba una especie de sotobosque y dehesa con un verde intenso debido, seguramente, a esa primavera adelantada que estábamos viviendo en la que, además, pastaba plácidamente  el ganado sólo interrumpido por nuestra presencia.

Ya cualquier repecho nos parecía una barrera infranqueable y costaba, y mucho, superarla. Así llegamos a Topas donde paramos a descansar  y reponer fuerzas. De ahí, al Castillo del Buen Amor donde reapareció esa zona de dehesa tan típica de Salamanca. En ese momento nos topamos con un riachuelo y que yo fui el único que fue incapaz de salvarlo debidamente y cuya consecuencia trajo que me mojara los pies hasta los tobillos.

Una vez cruzado el regato se nos abrió de nuevo el paisaje tan típico de la Armuña, kilómetros de extensión planos llenos de campos de cultivo. Las fuerzas ya estaba justas y había caras desencajadas por el esfuerzo, dolores por todas partes pero ya estábamos muy cerca de la meta que se podía ver al fondo. Sólo quedaba un pequeño esfuerzo.

Pasamos Monterrubio y cogimos la senda paralela a la vía del tren que nos conduciría a Salamanca. Una vez llegados, nos reagrupamos todos, nos felicitamos por la ruta, por lo bien que lo habíamos pasado y por el esfuerzo que nos había costado. Al final nos salieron alrededor de 160 kilómetros y llegamos a eso de las 7 de la tarde.

Felicitar aquí a todos lo que hicimos la ruta, tanto la larga como la corta, a los diseñadores de la misma y a los que la propusieron en su día. No faltó el compañerismo, las ganas de superación y los buenos momentos.


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